viernes, 22 de junio de 2012

Tomando el té con un viejo amigo

Quiero que me devuelvan mi voluntad. Ya. Ahora. En este momento. Porque no falla, nuuunca falla.

Cada vez que me siento orgullosa de mí misma por haber desmembrado, empalado, quemado y enterrado al espíritu Consumista que me embargaba en cada cambio de estación, el hijoputa vuelve.

Hoy, día 22, al día siguiente del inicio del jodido verano.

- Tock, tock.
- ¿Quién es?
- Consumista.
- ¡Oh! ¿Pero no había logrado madurar, darme cuenta de que la acumulación de bienes innecesarios sólo es muestra de una deficiencia en la capacidad de mostrar y desarrollar nuestros sentimientos?
- Ni de coña.
- Ah. Bueno. Entonces, pasa.

Y aquí estoy. Viendo la pág en facebook de una tienda maravillosa que está al cruzar la plaza de la oficina. La tengo ahí, a 300 metros. Mirándome. Insinuándose. Contoneándose con los colores del verano. (Nota explicativa: los colores del verano para mí son el negro en combinación con algún otro color. No nos vayamos a engañar.)

A estas alturas, necesito dos pantalones, una falda y un vestido. Consumista me ha felicitado por mi buen gusto. Yo estoy contrita y apenada y jodida. Intento recordar cuándo esa tienda fue barata, pero Consumista me dice que no me ancle en el pasado, que soy una nueva Yo y que una nueva Yo necesita ropa nueva. Intento recordar cuándo he cambiado. Consumista mira al infinito a través de la ventana y se pone a tararear una ranchera.

Suspiro.

Consumista me dice que tengo la piel apagada. "Lo que tengo apagado es la tarjeta de crédito", le contesto. Pero él no hace caso y me mira ceñudo el ceño. "¿Desde cuándo lleva eso ahí? Parece el Canal de Suez." Intento estirar las cejas para que me lleguen a las sienes. "No jodas. Ni sabes cómo es el Canal de Suez." "Pero sé dónde está. Ahí, entre tus cejas. ¿Sabes lo que te iría divino? En la droguería de al lado hay una cesta de Olay en oferta. Ya es hora de que tengas una crema de mayor. No puedes seguir anclada en Garnier."

Lo miro con odio.

"Lo que te molesta no es que mi crema sea Garnier. Lo que te jode es que me la encontrara super-ultra-rebajada." Consumista me sostiene la mirada. "Te estás descolgando." "Eso ha sido un golpe bajo." "No tan bajo como tienes la papada." Agarro la grapadora y se la tiro a la cabeza. Descubro que Consumista no tiene cabeza. Ahora entiendo muchas más cosas...

jueves, 14 de junio de 2012

Mis enanitos. Temperance & Cia.

Temperance es única. Es perfecta como personaje de una serie. Tiene una experiencia académica de lo más morbosa, es mona (incluso con bata de laboratorio), usa complementos monísimos (adaptables a consumidoras oscuras como yo) y tiene el pelo monísimo de la Rachel de Friends. Mejor dicho, Rachel tiene el pelo de Temperance.

Nos conocimos hace millones de eones en la playa gracias a una amiga en común. Éramos jóvenes y tersas. Hacíamos botellón en la playa, íbamos a chiringuitos donde yo no sería capaz de aguantar ahora ni dos segundos...

Pero lo Nuestro con mayúsculas comenzó años después. Una noche me dejaron llevarlas a tomar absenta a un bareto de mala muerte. Y se hizo tradición.

El ritual del absenta, además de matar las pocas neuronas japis que pudieran quedarme, me ayudó a salir de un asunto turbio de mal de amores que sufría por la época. Con Temperance llegó la Séptima Caballería: un grupo con un ligón, un empollón, un graciosillo y Ultrasocial. Un típico grupo de serie adolescente.

Temperance no es sólo una estética. Es también una filosofía. Temperance es Temperance porque es fría, porque te puede decir con la misma cara "Me cago en toda tu estirpe" que "Ese vestido es divino y te hace parecer la doble de Adriana Lima". Es como la fachada de un rascacielos de cristal: todo lo resbala. Y, gracias a eso, Temperance tiene grandísimas frases, dichos y mantras que deberían ser memorizados por todos.

El primero que puedo recordar lo soltó Temperance por su boquita de piñón en un camping que hicimos con el Séptimo de Caballería. Los muyhijosdeputa se nos colaron a la hora de montar la tienda y se quedaron con la sombra. Así que nosotras nos cocíamos como podíamos en nuestra tienda, mientras nos golpeaba el sol a las 8 de la mañana. Uno de esos amaneceres, Temperance soltó:

- Estoy hecha un charco.

Dicha frase se esculpió en mármol y, lo que pretendía ser una manifestación de calor mortal, se transformó en el Efecto Charco.

Efecto Charco: dícese del proceso por el cual una muchacha baja su listón de enrollamiento a niveles infrahumanos, relacionado linealmente con el tiempo que lleva sin pillar cacho.

Años después, fui a preguntarle qué músculo iba de algún sitio a otro (y aún no sé por qué... que yo sepa, yo no tengo músculos, sólo masa estilo Flubber). Ella me miró fijamente, mientras el viento agitaba su melena gigalisa, y soltó:

- A mí no me preguntes sobre músculos. Lo mío son los huesos.

En ese momento, la Temperance Brennan que sale en la tele, se sintió realmente humillada y no merecedora de su papel en la serie.

La última, quizás la mejor, fue hace poco. "Cada una se pone en la vida las metas que puede."

Mortal, degollador, a la yugular. Pero sin perder glamour ni fruncir un ceño inútil. Como el cristal.

De vez en cuando recuerdo esta frase, sonrío y disfruto de la glamourosa maldad ajena.

Como buen personaje de una teleserie, Temperance tiene dos hermanitas que forman un bonito aquelarre.

Goodgirl es la mediana. Algo que les pasa a las hermanas medianas es que son malas, unas víboras, unos seres mitológicos que te arrancarían el corazón y se lo comerían sin ketchup sólo porque están hartas de no ser ni las mayores ni las menores. Ella era así. Ahora, no. Ahora, ella es la buena. Nos ha dejado a todo el mundo totalmente patitieso, pero es ella la que piensa antes en los demás, la que te dice que siente no haberte traído una rebeca cuando estamos a -19º mientras Temperance hace mutis por el foro. Ella es la razón por las que las malas de los culebrones se merecen una segunda oportunidad.

La pequeña es Crayon. Una niña dulce, con rizos, con ojos como platos. Un pelín surfera. Paseábamos por la playa mientras me contaba un dibujo que le estaba haciendo al chaval que le gustaba. De golpe, y SIN AVISAR, es una pija veinteañera con novio formal. Que alguien me explique dónde dejé el reloj para que pasara tan rápido el tiempo. No es justo. Si ella es tan vieja ya, ¿cómo seré realmente yo? (Pausa para morderme los labios, mientras me seco el sudor de la frente y pongo los ojos en blanco).

Así que, sin más remedio, el tiempo pasa. Pero, como se verá, aunque me quedan pocos enanitos en mi jardín, me quedan los mejores.