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viernes, 18 de mayo de 2012

CARRIE CATSHOW

Tengo una gata. Un bicho egoísta, caprichoso, inestable y desobediente. Pero es taaaaaaaaan mona.

He entrado en el extraño mundo de la gente con mascotas. Nunca pensé que existiera ese mundo, pero sí. Es un mundo que no es malo, sólo extraño. Un mundo donde el salón que tenías ultra-ordenado digievoluciona a sala de juegos del bicho. Carrie, en este caso.

¿Qué ha pasado con el suelo de mármol donde cualquiera podía verse las bragas de lo reluciente que estaba? Ahora esta lleno de minipisadas y derrapes, porque Carrie no controla en las curvas... No sé, me tocó una gata con un culo más veloz que sus patas delanteras...

El palo para que se afile las uñas y deje mis piernas en paz, en mitad del salón. Allí. Al lado de la estantería que he cuidado con esmero de bibliotecaria. Y la veo encima de los libros del estante más bajo. Y la veo mona. Cuando intenta subir al siguiente, ya la veo un poco fea y no le dejo.

Lo peor de todo es cuando descubres que no sólo es el entorno el que ha cambiado, si no tú misma. Vale que ella sea un ser que deja minihuellas en ese mármol tan amado, pero ¿habías pensado alguna vez que estarías disparando con una pistola de agua dentro de casa? Goteando. Dejando gotas en el suelo. Pisando esas gotas mientras persigues a la gata. Fijando las pisadas.

Porque, según lo que he descubierto, a los gatos no se les puede dar un toque tipo Susurrador de Perros en las costillas. Ni en ningún lado. Yo lo intenté cuando empecé a enseñarla a no joderme las cortinas, y la hijaputa se revolvía y pedía más. En plan, yo soy la que tiene más uñas en este barrio y pienso usarlas todas contigo y con tus extremidades.

Ahora es distinto. Ataca la cortina y le cae un disparo desde la pistola de agua que (oh, dios mío) descansa eternamente (qué atroz) en la mesa de mi (ex-ordenado) salón. Así sale echando jostias, derrapa en la curva entre el pasillo y el salón y se mete en su transportín. En su cama no. Que eso no le va.

En la primera visita al veterinario descubrí otra cosa. Es cierto que las mascotas se parecen a sus amos. Los dueños de gatos estabamos apartados, cada uno en su mundo, en silencio. Disfrutando felices de nuestra paz interior. Los dueños de los perros se empeñan en que sus perros huelan/sean olidos. Está muy bien que se relacionen, pero quizás mejor en un parque, en un sitio abierto lleno de salidas, lejos de mí. No es bonito acercar un boxer a un pastor alemán de 235 kilos. No. Por suerte, mi gata es lo suficientemente tonta para no saber lo que es un perro. Así que fui yo la que se cagó por la patilla cuando el pastor-alemán-luchador-de-sumo empezó a ladrar formando un agujero negro.

Después vinieron otros dueños de perros. Unos dueños responsables y sensatos que tenían a sus perros tranquilitos, sentados a su lado. Dueños que escondieron a sus mascotas cuando apareció una mujer paseada por un bonito labrador.

El perro entró primero, empujando la puerta, casi llevándome a mí por delante, y empezando a oler a todo el mundo, mientras la dueña saludaba contenta, arrastrada por la correa. Ella se sentó al lado de una pareja con un cachorrito. Y ahí empezó todo.

- Mi cachorrito cuando sea adulto va a pesar 80 kilos. (Fantástico, porque tú pesas 50 y no vas a poder con él ni de coña...)
- Pues mi labrador, cuando era cachorro era el más grande de todos sus hermanos.
- Mi cachorrito apartaba a los hermanos para comer él.
- El mío es muy bueno.
- El mío lo es más.
- Pues el mío...
- Pues el mío...

Entonces la juguetita del labrador dejó al labrador ir a oler a un cachorro de rottweiler. Y el cachorrito hizo: GUAU. Y el labrador se acojonó y se apartó. Y eso le sentó a su juguetita como una patada perruna:

- ¡Ja, ja, ja! ¡Pero si te podría comer de un bocado!

Y se llevó al labrador a un lado y se sentó. Y todos los dueños de gatos y los dueños normales de perros fuimos felices.