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jueves, 19 de julio de 2012

MIS ENANITOS. Hugo Boss.

Hugo Boss no siempre fue Hugo Boss. Cuando nos conocimos a los tiernos catorce años (¿esa edad existe?) era un chavea normal. Un chavea que se llevaba a matar con el profesor de Francés y con el de Dibujo, o Iniciación al Arte, o Sigue dibujando con ceras como en la guarde cuando tienes ya pelillos.

Le echaron una vez (o miles) de clase. A todo el mundo le pueden echar de Historia, de Lengua, de Matemáticas o de Física. A él lo echaron de Dibujo. Sin problemas. Salió de clase con sus cosas, extendió su cartulina en el suelo del pasillo, sacó las ceras y allí se puso a pintar.

Otra vez, sabiendo que yo era una de sus preferidas, le soltó al profesor:

- La Bruja de Blancanieves está aborreciendo esta clase.

Y yo estaba ahí, sentada en otra mesa, inundada de pruebas de texturas (restregar ceras en folios apoyados en sitios absurdos). Y flipé. Y el profesor flipó. Y me hizo hablar con él. Y yo odié a Hugo Boss.

Eso fue el instituto. Luego, inesperadamente, llegamos juntos a la facultad.

En esos años, ya se iban desarrollando los verdaderos instintos de Hugo Boss. Un día apareció con náuticos. Otro día con Levi's. Poco a poco, sin darnos cuenta, fue saliendo a flote su verdadera personalidad de pijo moderno, mientras mis amigas y yo le torturábamos continuamente. Nos saltábamos las clases, lo dejábamos solo tomando apuntes y le llamábamos al móvil sabiendo que era tan despistado que lo tendría con sonido y se pondría histérico. Porque Hugo Boss es maravillosamente histérico.

Yo soy nerviosa y regomellosa y millones de cosas terminadas en -osa. Pero él es el más mejor histérico del mundo mundial. Y paranoico. Y lo sabe. Y es genial.

Gracias a esos nervios me saqué el carnet de conducir y aprobé Matemáticas Financieras. Mi huevonismo de dejarlo todo para última hora chocaba con su histeria y me obligó a estudiar. Nos empollamos los problemas de Matemáticas Financieras de memoria. Clack. De forma que al llegar al examen sólo teníamos que cambiar los números. Sacamos un cinco. Aún no tenemos ni idea de cómo tuvimos la puta suerte de aprobar.

Teníamos una palabra clave para cuando veíamos un tío bueno, avisarnos entre nosotras. Y otra para las tías y así avisarle a él. Era algo como "intercorrelacionada/intercorrelacionado". Poníamos motes absurdos y maravillosos a cada persona: la enamorada, el tele-tubbie, Patxi, el Muerto...

Cuando conoció al Sueco, con esa pinta de integrante de Helloween que me llevaba en sus tiempos mozos, le impresionó tanto que empezó a hablar y no paró en un cuarto de hora. Literal.

Después de la facultad, con el curro, Hugo Boss sacó lo mejor de sí. Siempre ha estado en curros donde debe ir con traje y lo disfruta una barbaridad. Nunca entenderé cómo a alguien le puede molar ir con traje en agosto, pero él tampoco entiende como una mujer adulta puede ir al curro con una camiseta en la que una especie de Morticia dice que soy "Divina de la Muerte".

Nos vemos cuatro o cinco veces al año pero nos emiliamos todas las semanas. Hemos llegado a los treinta y nos seguimos hablando. De hecho, nos hablamos tanto que nos vamos por ahí juntos este verano. Hemos quedado que, dentro de millones de años, cuando seamos ricos y rastreros, iremos a Nueva York. Él comprará maletas llenas de ropitas de Tommy Highlrffrñrg, yo me haré fotos absurdas en la 5ª Avenida mientras el Sueco soporte las bromas pesadas sobre Sexo en Nueva York. Y todos seremos felices.

jueves, 14 de junio de 2012

Mis enanitos. Temperance & Cia.

Temperance es única. Es perfecta como personaje de una serie. Tiene una experiencia académica de lo más morbosa, es mona (incluso con bata de laboratorio), usa complementos monísimos (adaptables a consumidoras oscuras como yo) y tiene el pelo monísimo de la Rachel de Friends. Mejor dicho, Rachel tiene el pelo de Temperance.

Nos conocimos hace millones de eones en la playa gracias a una amiga en común. Éramos jóvenes y tersas. Hacíamos botellón en la playa, íbamos a chiringuitos donde yo no sería capaz de aguantar ahora ni dos segundos...

Pero lo Nuestro con mayúsculas comenzó años después. Una noche me dejaron llevarlas a tomar absenta a un bareto de mala muerte. Y se hizo tradición.

El ritual del absenta, además de matar las pocas neuronas japis que pudieran quedarme, me ayudó a salir de un asunto turbio de mal de amores que sufría por la época. Con Temperance llegó la Séptima Caballería: un grupo con un ligón, un empollón, un graciosillo y Ultrasocial. Un típico grupo de serie adolescente.

Temperance no es sólo una estética. Es también una filosofía. Temperance es Temperance porque es fría, porque te puede decir con la misma cara "Me cago en toda tu estirpe" que "Ese vestido es divino y te hace parecer la doble de Adriana Lima". Es como la fachada de un rascacielos de cristal: todo lo resbala. Y, gracias a eso, Temperance tiene grandísimas frases, dichos y mantras que deberían ser memorizados por todos.

El primero que puedo recordar lo soltó Temperance por su boquita de piñón en un camping que hicimos con el Séptimo de Caballería. Los muyhijosdeputa se nos colaron a la hora de montar la tienda y se quedaron con la sombra. Así que nosotras nos cocíamos como podíamos en nuestra tienda, mientras nos golpeaba el sol a las 8 de la mañana. Uno de esos amaneceres, Temperance soltó:

- Estoy hecha un charco.

Dicha frase se esculpió en mármol y, lo que pretendía ser una manifestación de calor mortal, se transformó en el Efecto Charco.

Efecto Charco: dícese del proceso por el cual una muchacha baja su listón de enrollamiento a niveles infrahumanos, relacionado linealmente con el tiempo que lleva sin pillar cacho.

Años después, fui a preguntarle qué músculo iba de algún sitio a otro (y aún no sé por qué... que yo sepa, yo no tengo músculos, sólo masa estilo Flubber). Ella me miró fijamente, mientras el viento agitaba su melena gigalisa, y soltó:

- A mí no me preguntes sobre músculos. Lo mío son los huesos.

En ese momento, la Temperance Brennan que sale en la tele, se sintió realmente humillada y no merecedora de su papel en la serie.

La última, quizás la mejor, fue hace poco. "Cada una se pone en la vida las metas que puede."

Mortal, degollador, a la yugular. Pero sin perder glamour ni fruncir un ceño inútil. Como el cristal.

De vez en cuando recuerdo esta frase, sonrío y disfruto de la glamourosa maldad ajena.

Como buen personaje de una teleserie, Temperance tiene dos hermanitas que forman un bonito aquelarre.

Goodgirl es la mediana. Algo que les pasa a las hermanas medianas es que son malas, unas víboras, unos seres mitológicos que te arrancarían el corazón y se lo comerían sin ketchup sólo porque están hartas de no ser ni las mayores ni las menores. Ella era así. Ahora, no. Ahora, ella es la buena. Nos ha dejado a todo el mundo totalmente patitieso, pero es ella la que piensa antes en los demás, la que te dice que siente no haberte traído una rebeca cuando estamos a -19º mientras Temperance hace mutis por el foro. Ella es la razón por las que las malas de los culebrones se merecen una segunda oportunidad.

La pequeña es Crayon. Una niña dulce, con rizos, con ojos como platos. Un pelín surfera. Paseábamos por la playa mientras me contaba un dibujo que le estaba haciendo al chaval que le gustaba. De golpe, y SIN AVISAR, es una pija veinteañera con novio formal. Que alguien me explique dónde dejé el reloj para que pasara tan rápido el tiempo. No es justo. Si ella es tan vieja ya, ¿cómo seré realmente yo? (Pausa para morderme los labios, mientras me seco el sudor de la frente y pongo los ojos en blanco).

Así que, sin más remedio, el tiempo pasa. Pero, como se verá, aunque me quedan pocos enanitos en mi jardín, me quedan los mejores.