Mostrando entradas con la etiqueta El día a día de una bruja. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El día a día de una bruja. Mostrar todas las entradas

martes, 29 de enero de 2013

Dust in the wind (milk)

El otro día una amiga me dio uno de esos sobres mágicos que, mezclados con leche caliente, sustituyen una comida. Mi yo-profundo estaba feliz. Seguramente estaba sumergido en la infancia e imaginaba lo bien que me hubiera sentido de niña si en lugar de lentejas mi madre me hubiera plantado un vaso de colacao.

Inocente.

Gracias a todos los dioses del Valhalla, no preparé la poción el domingo al mediodía. El olor a alitas de pollo picantes inundaba todo mi dominguero hogar, así que mi estómago rugió como debería hacerlo un león famélico sin leonas que le saquen las castañas del fuego. Y, ya que merendé bizcocho de chocolate, parecía totalmente absurdo el cenarme los polvillos mágicos.

Así que ayer, después de merendar un simple té, llegué a casa y me preparé eso para cenar. Eso. El sabor es raro. Es como un colacao mentolado, porque tiene un regustillo oculto que no sabes lo que es. Y, por mucho que digan, no sustituye una comida. Mi estómago hacía ruidos, buscando algo sólido que digerir. ¿Por qué?, me preguntaba mi estómago, ¿por qué si somos un cuerpo adulto no podemos comer sólidos?

- Queda bizcocho de chocolate -como siempre, el Cazador, apoyándome...

Seguramente sea algo psicológico y en esos polvillos estén todas las vitaminas, proteínas y demás sanas maravillas que debemos esperar de una comida equilibrada pero, ¡por el escudo de Tempus!, donde se ponga un bocadillo de jamón ibérico...

Desde aquí quiero felicitar a la peña que logra ponerse a dieta comiendo esas cosas tres veces al día. Ese tesón que tienen no es moco de pavo.

miércoles, 16 de enero de 2013

ESPECIAL DE NAVIDAD I. Las Cenas de Empresa

Ser puntual es algo que soy en la vida real. En mi blog puedo hacer el Especial de Navidad el 16 de enero ¡y no pasa ná! Aquí mando yo. Ejem...

En Navidad hay ciertos rituales que se repiten: pasear bajo las luces del centro de la ciudad, buscar colonias para regalar sin piedad, comer uvas una vez al año... Uno de esos rituales se convierte en el disparo de salida de la Navidad, sobre todo porque es el primer empacho-borrachera que se pilla en esta época.

Para asistir a una Cena Navideña de Empresa hay que seguir un patrón de comportamiento para no quedar como la Loca de los gatos. Lo analizaremos a continuación:

1. Vestimenta. Si eres un tío, da igual. Realmente, abrid los ojos, da igual cómo vistáis, nadie os va a mirar.... Podéis poneros vaqueros, un jersey negro/camisa negra o neutra y algo parecido a una americana o abrigo y podréis ir desde a esta cena a vuestra boda. Sí, en serio, no sois importantes estéticamente.

En cambio las mujeres tenemos que estudiar algo más el tema, desde la temperatura del lugar, a los planes después de la cena, a las otras mujeres que van. Porque da igual que vayamos a cenar a un iglú, si las demás mujeres van en tirantes, tooodas iremos en tirantes. Bueno, yo no, pero no soy un buen ejemplo estético...

2. Localización en la mesa. Sentarse al lado de un zzz puede joderte la noche, además de provocarte un ataque de gula por desesperación o un cerramiento de estómago colosal. Es mejor no jugársela y aproximarte (o fusionarte) a tu grupo de compis favoritos conforme nos acercamos a la mesa. Rodearte de gente con la que te gusta trabajar puede hacer que te diviertas. Si odias trabajar con alguien hasta el punto de querer graparle las pupilas, dudo que luego te sea agradable de juerga. Y menos si bebe...

3. Beber o no beber. Desde mi humilde punto de vista, es mejor no beber. Te puedes tomar algo de vino mientras ingieres, pero no te cueles. No querrás recordarte al día siguiente, toda eufórica, explicándoles a tus jefes tu teoría de por qué son mejores las baladas jebis a las poperas (snifff...). Una vez que una ha pasado por este lance, no vuelve a beber en una de esas cenas. Me he autoconvertido en una abstemia-laboral. ¿Tanto había bebido? No... yo sólo llevaba un cubata.

Lo bueno de cambiar de trabajo es que esto queda atrás y puedes empezar de cero. Lo bueno de estas cenas es que tus jefes también beben y se convierten en seres de aura pura y sin memoria.

4. Escudo de poder. Nada más salir del coche, taxi, bus o metro, tenemos que refugiarnos tras un escudito así, ¿por qué? En estas cenas se suelen mezclar departamentos, despachos, grupúsculos distintos que no se quieren demasiado e, incluso, se odian a muerte y se envenenarían con gusto la copita de cava con la que brindamos todos. Es de primera necesidad respirar hondo y encontrar nuestra fuente interior de paciencia y control.

Puedo citar ejemplos de indirectas veladas, directas puñaladas al entrecejo, arrancamientos de corazón y genitales... ¡tantos ejemplos! Y en las empresas que he estado todos se amaban con locura. ¿Conclusión? Meditar profundamente el punto nº3. No beber baja el riesgo de que ese leve rencor que sientes con la administrativa de Compras se convierta en una parrafada sádica en mitad de los postres.

Y en sentido contrario, lo mismo. Alguien puede dirigirse hacia nosotros con algún tono malintencionado. ¿Qué hacer? Poder y control. Paciencia. Oxígeno. Corte de mangas mental y ciscarse en su casta.
También podemos responder de forma tranquila y sosegada, teniendo cuidado en no dejar aflorar ningún sentimiento maligno. ¿Seremos capaces? Depende de lo que llevemos ensayando el modo Yoda las semanas de antes.

5. El baile de después. Yo nunca me quedo a esto, así que me evito tener que arrancarme los ojos por haber visto a gente que son como mis padres danzando como enanos ebrios. También ayuda el hecho de que odio las discotecas, así que mis cenas terminan antes de llegar aquí. No puedo daros consejos valiosos en este punto, sólo que no intentéis ligar entre compañeros de trabajo, ni que os pongáis de femmes fatales delante de todo el mundo. No sabéis por dónde os llega el rimmel, ni hasta dónde os sube la carrera de la media... Si bailar es como hacer el amor (lo vi en alguna película) es mejor no hacerlo cerca o alrededor de compañeros de trabajo.

Hasta aquí el primer especial de Navidad. Próximamente, Regalos Navideños.

viernes, 7 de diciembre de 2012

No es país para grupos de uno

Hay ocasiones en que la vida parece un jodido campo de minas. Vas sorteándolas como puedes, como una buena GEO, SWAT y todas las demás siglas que conoces gracias al cine americano y a los juegos de la play. Tiras para delante, día a día, hasta que ¡plac!, das con algo de bruces.

En mi caso, suele ser un bote. Puede ser el típico de los pepinillos, pero también el de la remolacha a tiras. Cualquiera vale. Con todo lo que me toca el moño cocinar, encima tengo que luchar como una gladiadora para abrir un puto bote de esos.

El cierre de seguridad para niños. Mi lavavajillas tiene un cierre extraño, por si un niño decide abrir el lavavajillas y meterse dentro para comerse la sal y el abrillantador... Digo yo. Pues cuando el jodido pestillo extraño está cerrado, el lavavajillas se convierte en la Morada Eterna de las Tazas. No puedo coger nada hasta que vuelve el Cazador. Lo cual me incordia mucho.

Pero no todo el mal para la gente que está sola ocurre en la cocina. También está el dormitorio. Y no seamos guarros...

El canapé. Intenta sacar el maldito edredón de lo profundo del canapé. Levanta a pulso el canapé, con el colchón encima (que tú lo compraste viscoelástico, pero pesa como si fuera plomo) y rebusca entre las fundas. Luego, déjate caer sutilmente encima del colchón, ahí, metiendo codo a lo Pressing Catch, para cerrar el chisme con tu maravilloso peso. Y el trauma del colchón no acaba aquí... ¿No puede una persona que no comparta cama con nadie tener un colchón de 150 cm? ¿Y tendrá aparato genial suficiente como para darle la vuelta cuatro veces al año? La única vez que yo lo intenté sola, tuve que elegir entre romper la mini-cadena y las lámparas de la mesitas de noche. Al final, tuve suerte y no rompí nada, pero no fue porque yo no pusiera empeño.

Pero lo peor, lo que más odio en este mundo (hasta que otra cosa absurda se me cruce por el camino) es limpiar las ventanas. Hay gente que tiene suerte, que encuentra el amor verdadero a la primera, que tiene una bonita casa con jardín, con un animal doméstico que se autolimpia y un coche híbrido. Esa gente suele tener ventanas abatibles. Después, está la gente que vive en un piso de quejica, que tuvo que conocer a más de un capullo asqueroso antes de encontrar un maromo aprovechable, con una gata que come y caga. Y no tiene coche. La gata, no; la gente. Esa gente, que se parece un poco a mí, tiene ventanas deslizantes y no posee un balcón al que salir para limpiar por los dos lados...

Ahora bien, quien inventó esas malditas ventanas ¿pensó por un instante cómo puede una sola persona desmontar una hoja de la ventana del salón, que mide -digo yo- dos metros de alto, y llevarla al cuarto de baño, sin rastrearla por el suelo DE MÁRMOL, para allí limpiarla pobremente y volver a llevarla al salón, teniendo otra vez cuidado de no rastrearla por el puto suelo DE MÁRMOL y colocarla para quitar la otra y repetir el proceso, siempre sin rastrear por el suelo DE MÁRMOL?

Así que a mí me expliquen por qué esa obsesión de fabricar-hacer-montar las cosas pensando siempre que se tiene pareja o compañeros de piso. Y encima, si se tiene algo de esto, se ha de estar siempre al mismo tiempo todos dentro del piso para organizarse para estas operaciones tácticas.

No lo veo nada, nada, nada bien, oiga.

Pero quizás alguien haya inventado una máquina de abrir botes de forma individual y yo no me haya enterado. Entonces, esta entrada sería una gilipollez. Sólo en ese caso. Claro.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Mi cumpleaños. By Sagutxu.

Un día, a finales de este bonito noviembre. Mi persona, un año más vieja, en la cocina de los Abuelos Brujos partiendo porciones de un pudin gigante de chocolate. Sagutxu, en otra habitación, grita lo siguiente:

- ¡¡¡Velas!!! ¿Dónde hay velas? ¡TIENE que haber velas! ¿Dónde? ¡Aquí! ¡Aquíiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii! ¡Aquí hay un ocho, un OCHO! Con esto hago yo un tres. ¡Un cuchillo, un cuchillo! ¿No? ¡Pues tijeras! ¡Dadme unas tijeras!... Ya está, ¡Ya tengo un tres! Y esto que queda, puede ser un uno si lo miras así.... -aparece en la cocina y me da todo lo que trae-. Tita, esto es lo que tenemos.

Feliz 31 tacazos a míiiiii.

lunes, 26 de noviembre de 2012

City, tierra soñada por mí

Estar de vacaciones mola porque puedes aprovechar para hacer las mismas cosas que la gente normal, a un ritmo también normal.

Esta mañana he estado en la City. Poco novedoso si tenemos en cuenta el hecho de que yo trabajo en la City, pero lo hago en una pecera: entro en la oficina de cristal y no me muevo. Moverse en vacaciones mola. Y recorrer el camino por donde bajaba de la facultad, mola más.

Quería desayunar a media mañana y, en lugar de entrar en un super y coger algo, mi cabeza vacacional ha logrado vencer momentáneamente a la Rata Ahorradora que me posee, así que he entrado en una cafetería. No podía ser una cafetería normal, ni una llena de viejos con periódicos, no. Después de tanto tiempo sin desayunar en una cafetería, tenía que ser una chula. Y la encontré. Y desayuné. Y me clavaron. Seguramente me clavaron lo que vale cualquier desayuno en cualquier lugar pero para mí, que me hago cada mañana mi té en mi maquinita y fin, esa cantidad de euros me aturdió. Tanto que, cuando fui a salir, me quedé mirando las puertas de cristal esperando a que se abrieran solas. Ese importe era digno de una compra semanal realizada en una gran superficie, así que por lo menos podrían haber colocado puertas automáticas. 

Puede que valiera la pena por la cristalera sobre un parque. Puede. Pero lo llego a saber y tardo tres horas en desayunar, para poder compensar la jodida cuenta.

Después fui andando sin pensar dónde iba, sólo buscando las calles por las que hacía milenios que no pasaba y, al final, me di cuenta que seguía el camino a casa desde la facultad. Algunas tiendas han cerrado y han surgido otras nuevas. Me di cuenta de que mi nueva parte de la City no fomenta el consumismo y por ello me alegro y me siento bendecida por Odin y por Thor. Pasar todos los días por el centro neurálgico y tiendístico fue una època maravillosa y a la vez horrible en my life.

Tanto color y alboroto, tanto libro en tanto escaparte, tanta tienda llena de ropa, y tan poca pasta en un monedero estudiantil. Ahorra curro y una Rata Paranoica custodia mi monedero curreta, así que me alegro de perderme al menos tanto hermoso escaparate.

Eché en falta llevarme la cámara de fotos, pero quién iba a pensar que iba a tener una epifanía en mitad de la City, después de toda mi existencia vagando por allí, mientras hacía un tiempo fresco y seco -óptimo para las fotos y el paseo Modo Noséándevoy- y mi odiado mp3 funcionaba mágicamente colocando juntas las pocas canciones que aún no he aborrecido de la lista de reproducción.

Volveré.

jueves, 25 de octubre de 2012

Como piezas de ajedrez

En la casa de los Abuelos Brujos somos tres hijos brujos. El mayor, la mediana y yo. Cada uno tiene su personalidad y su puesto en el tablero de ajedrez que es la vida ordinaria.

El hijo brujo mayor es el serio y el formal. Algo así como un brujo parecido a Pitufo Gruñón mezclado con Panoramix, por lo intelectual.

La hija bruja mediana es la antigua rebelde. La única que ha logrado cambiar su estatus en nuestra choza de maldad. La que llevó una juventud marcada por los pulsos a la autoridad, ahora es una madre de pequeños monstruitos, calmada, llena de serenidad y sapiencia. Todo esto desde los ojos de los Brujos Abuelos, porque los demás podemos ver con total claridad que sigue estando mu-loca.

A la bruja enana le ha tocado fama de ser un ente independiente y gatuno. No sé nada más, porque en mi cara no me dicen nada, los muy sospechosos, pero algo me huelo porque a veces me miran raro...

Los Brujos Abuelos se aferran a estas ideas como si fueran la Verdad Absoluta. Si viniera una luz del cielo y las tallara en una piedra, no se lo creerían más de lo que se lo creen. Hasta el punto en que rozan el Absurdismo Supremo.

De que yo forever and ever sería la bruja pequeña, y que lo que yo dijera/opinara/pensara valía lo mismo que la palabra solemne de un novio a los veinte años, me di cuenta pronto gracias a un episodio Pre-Fin del Mundo que viví en casa de los Brujos Abuelos.

Era verano. El sol lucía en el cielo feliz, yo lucía en vacaciones feliz, en una tarde de esas largas, que se estiraban como un chicle Boomer. Estaba merendando en el comedor. A mi alrededor los Brujos Abuelos gruñían sin motivo aparente para mí. Hasta que los miré y temblé.

Había una mosca dentro de una de las tulipas de la lámpara. La luz (inexplicablemente) estaba encendida y la Bruja Abuela se dispuso a matar a la mosca cojonera con un spray-mata-moscas-cojoneras. Yo grité algo como "¡No lo hagáis! ¡Va a explotar!" y ellos me miraron como "la niña se cree que vivimos en una película de Bruce Willis". No explotamos, pero su mirada me hizo pensar y tener rencor. Y volver a pensar y a tener rencor. Y reunir a los otros hijos brujos y contárselo. Y ellos pensaron.

Hermano Brujo dijo: Podría haber explotado.
Hermana Bruja dijo: Me voy a dar una vuelta con mis amigas.

Desde aquel momento en que nuestra integridad física se puso en juego han pasado años y lustros y millenios. Ahora que trabajo para una fábrica de bolas de cristal, he vuelto a revivir ese momento.

- Abuela Bruja, hace falta comprar una bola de cristal. Por el bien común.
- Cricri, cricrí. (No es que Abuela Bruja hable así, es que me respondieron sólo los grillos).

Alguien aparece y dice que necesitamos una bola de cristal. La bola de cristal se compra.

- Abuela Bruja, ha pasado un año y la bola de cristal ha salido malísima. Hay que comprar otra.
- ... (No había grillos solidarios ésa vez).

La bola de cristal se sustituyó y todo continuó bien. Pero, desde entonces, creo que Abuela Bruja me mira y sospecha. Creo que se está empezando a dar cuenta de ya soy yo quien engaña a los pequeños monstruitos para que se coman toda la comida, la que ya es capaz de encender un horno (eléctrico, el butano me produce pavor-primigenio) sin que se le salten las lágrimas, la que entiende de bolas de cristal porque es su curro y le gusta...

Claro, que todo esto se va a la mierda cuando la llamo un sábado por la mañana para preguntarle cómo se descongela la carne sin usar el microondas, si es pronto para poner las sábanas de franela y cosas así... No sé si siempre seré la bruja enana o lo hago para despistar, ésa es una incógnita que me queda sin resolver.

martes, 23 de octubre de 2012

Always Somewhere

Ocho añitos. Ayer hicimos ocho añitos el Cazador y yo. Es una buena cifra. Es un número par, redondito, como nos hemos vuelto nosotros con los años. Está lejos de los temidos siete años. Y está cerca de los morbosos diez. Dentro de dos años habrá que hacer algo. Algo glorioso. Tipo Taj Mahal o algo así. En cambio, este año no hemos tenido que hacer nada así. Ya no hay agobios ni obligaciones. Es distinto.

Me ha costado, pero lo he logrado. Por fin le he hecho comprender que no necesito veinte mil regalos. Que con un detalle absurdo me basta y me sobra. Eso sí, quiero tiempo. Quiero muchísimo tiempo. Que la vida que llevamos hace que se nos escapen los días sin darnos cuenta, que ya han pasado ocho años, en un puto parpadeo. Así que quiero más tiempo para hablar, para estar callados, para ver una peli, para mirar al techo juntos.

El tiempo es el mejor regalo. Es algo que se da desinteresadamente y siempre es para siempre. Siempre podremos descambiar esa falda que nos hace un culo triangular, pero nunca podremos hacerlo con una cena de tortilla y ensalada a la luz de las velas. Cuando regalamos tiempo, ganamos los dos.

Cuántas cosas tenemos acumuladas en el armario y en los cajones, cuántos objetos absurdos que no tiramos por vagancia y no realmente porque signifiquen algo para nosotros. Yo estoy intentando volver atrás, a gastar los vaqueros que no me gustan para poder tirarlos, a usar bolsos viejos para romperles las asas, a leerme libros relegados y así empezar de cero. Fuera acumulaciones absurdas, fuera montañas de basura-perfumes-ropa-pendientes-maquillaje y demás.

Realmente, no necesitamos tanto y lo sabemos. Lo que ocurre es que esas necesidades tapan las más importantes y con eso nos contentamos. Yo necesito tiempo. Del Cazador, de mi familia, de mis amigos. Me ha costado también a mí entenderlo, pero he llegado a tiempo de solucionarlo.

Lo mismo me ocurre para mi cumpleaños y para otras fechas. Prefiero regalos prácticos, cosas que necesite y que no me compre porque me estoy sumergiendo en el oscuro mundo de La Rata Miserable Que No Gasta Ni Aire. Para mi cumpleaños quiero un chaquetón gordo y una batería para la cámara. Avisados estáis.


viernes, 19 de octubre de 2012

El poder de la mente

La visualización es un modo de ensayo-error ante situaciones futuras. Una herramienta de protección frente a riesgos y situaciones nuevas o momentos de estrés.

El estrés es mágico, como una bonita de máquina del tiempo super económica y super ecológica. Cuando estás preparando un examen oral y de golpe te ves transportada a un despacho de profesor de Derecho del Trabajo, que ha mutado y no es el tuyo, si no la representación en carne y hueso de Cthulhu. Pero en malo.

O te estás aplicando máscara de pestañas, con pose de boca abierta y ojo torcido, más pintada que una Monster High, y aparece ante tus ojos una escena de esa primera cita que estás preparando. Estás tomándote con él una maravillosa copa de helado, glamourosa, divina, y te tiras la nata en toda la camiseta. Y en vez de suspirar, parpadear asombrada, limpiarte con una servilleta y quedar perfecta, gruñes, te restriegas un kleneex y se te queda una mezcla de mancha grasienta y fideillos de papel.

Últimamente a mí me pasa eso. Cuando preveo una jornada dura e intensa, llena de papeleo, reclamaciones, evacuaciones enteras de archivadores, me imagino mi reacción. Me imagino con un traje de chaqueta y falda de color rojo sangre (sé que ahora mismo estoy haciendo feliz a un amigo mío...). La falda tipo tubo (lo que en la realidad me haría parecer una morcilla-atá) y la chaqueta entalladísima, con una cintura por la que matarían las avispas (¿cintura? ¿eso existe?). Estaría apoyada en el lavabo de mármol de un baño monísimo, con un brazo apoyado bajo el pecho y con la otra mano sosteniendo un cigarrillo (no fumo), mientras miro con los ojos entornados a través del humo. El pelo recogido hermosa e informalmente (no me peino). Pensando, cavilando y hallando respuesta a todos los interrogantes habidos y por haber.

Es una imagen surrealista, absurda y pura y llanamente de ciencia ficción. Pero es mi visualización absurda. Le tengo hasta cariño porque, cuando llega realmente ese día, llego en vaqueros, lo más cómoda posible, con los ojos de par en par e hiperactiva. No hay tiempo para pensar, sólo para reaccionar. Así que al final del día le paso un brazo por los hombros a mi visualización y nos reímos juntas.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Cómo hacer una maleta sin arrancarse los pelos a puñaos

Cuando proyectamos un viaje, todo es jolgorio y fantasía. Los monumentos aparecen en nuestra imaginación con la misma magnificencia del Taj Mahal, aunque vayamos a ver la Acequia Gorda de Villamejillones del Valle Seco. La gastronomía a degustar, manjar de los dioses, aunque sean las patatas fritas belgas, que son iguales que las españolas... Y el clima, oh, el clima. El clima es el Dios Supremo de los Viajes. Él nos dicta lo que tenemos que meter en la maleta para adaptarnos al medio, al entorno.

El entorno cambia totalmente cuando el viaje es de trabajo. Cuando es de trabajo, la ciudad más bella del mundo parece un lupanar mugriento, la pizza más buenorra parece boñiga de vaca, la gente más simpática del universo parecen trolls con egos de diez tentáculos... Todo es horrible cuando el viaje es de trabajo.

El viaje de trabajo hace que el clima importe un peazo de nabo. Da igual.

- En la página web "El tiempo jurado ante notario" dice que en Alaska va a hacer frío en la semana de enero en la que tenemos el seminario.
- Déjalo, déjalo. Eso son previsiones absurdas. Es mejor llevarse alguna manga corta por si las moscas.

Por si las moscas invade tus pensamientos, tu vida. Por si las moscas echas dos pares de medias iguales por si descubres que aunque estén nuevas, la de la tienda te las ha vendido con carreras y mordiscos de T-Rex. Por si las moscas piensas que, cuando llegues a las jornadas, llevarás en el bolso una camisa in-in-in-arrugable, por si algún compañero te vomita encima, o por si tú te vomitas encima, y el lugar está demasiado lejos del hotel para poder ir a cambiarte, llorando por el arcén y mesándote los cabellos.

Por si las moscas llevas laca, cuando en la vida has usado laca... Por si las moscas te llevas esmalte de uñas y quitaesmalte. Aunque las lleves pintadas de casa. Puede que el esmalte salte en mitad de una reunión, le dé en un ojo al Director Ejecutivo y tú tengas nueve uñas pintadas en rojo pasión. ¡Sólo nueve!

Luego lo piensas dos veces y dejas el quitaesmalte. La solución guarruna de pintar capa sobre capa lucha ferozmente contra el "por si las moscas".

Por si las moscas llevas "evitampollas" de todas las marcas. Como jamás has usado ninguno, no sabes cuál funciona. Lo que sí sabes es que esos zapatos de capulla prepotente, que te compraste con dinero que te dio tu madre mientras te rogaba que te compraras unos zapatos normales, te cercenarán los talones y el tendón del dedo gordo del pie, acostumbrado el pobre a las converse piratas y a las botas militares.

Porque las botas militares no pueden llevarse en septiembre. No. Ya lo he preguntado.

Por si las moscas, le preguntas a tu jefe si en aquel lugar hace calor. Él te mira como si te acabara de recoger de algún poblado pigmeo para darte agua potable de una cantimplora.

- Hay aire acondicionado. Es bajo techo. Es... Hay aire acondicionado.

Pero él no entiende la pregunta intrínseca:

- Si me pongo una camisa de manga larga, ¿moriré deshidratada? En "El tiempo jurado ante notario" dice que va a hacer 20º. Pero eso es en el exterior. ¡¡¡En el exterior!!! No hay ninguna opción de búsqueda para ver la temperatura en ese pabellón. La he buscado.

Sin ver el trasfondo de tu pena, sale de tu habitáculo y quedas sumergida en la más profunda depresión. Los jefazos están acostumbrados a llevar traje de chaqueta y corbata incluso en agosto. Ellos ya no sienten frío o calor. No sienten. Tú en agosto vas al trabajo igual que si fueras a un festival. Todo lo que estás viviendo es atroz.

Así que haces de tripas corazón y tragas hondo. Y piensas que la camisa que vas a llevar oculta en el bolso, además de in-in-in-arrugable, va a ser de manga corta. Por si las moscas.