Hay ocasiones en que la vida parece un jodido campo de minas. Vas sorteándolas como puedes, como una buena GEO, SWAT y todas las demás siglas que conoces gracias al cine americano y a los juegos de la play. Tiras para delante, día a día, hasta que ¡plac!, das con algo de bruces.
En mi caso, suele ser un bote. Puede ser el típico de los pepinillos, pero también el de la remolacha a tiras. Cualquiera vale. Con todo lo que me toca el moño cocinar, encima tengo que luchar como una gladiadora para abrir un puto bote de esos.
El cierre de seguridad para niños. Mi lavavajillas tiene un cierre extraño, por si un niño decide abrir el lavavajillas y meterse dentro para comerse la sal y el abrillantador... Digo yo. Pues cuando el jodido pestillo extraño está cerrado, el lavavajillas se convierte en la Morada Eterna de las Tazas. No puedo coger nada hasta que vuelve el Cazador. Lo cual me incordia mucho.
Pero no todo el mal para la gente que está sola ocurre en la cocina. También está el dormitorio. Y no seamos guarros...
El canapé. Intenta sacar el maldito edredón de lo profundo del canapé. Levanta a pulso el canapé, con el colchón encima (que tú lo compraste viscoelástico, pero pesa como si fuera plomo) y rebusca entre las fundas. Luego, déjate caer sutilmente encima del colchón, ahí, metiendo codo a lo Pressing Catch, para cerrar el chisme con tu maravilloso peso. Y el trauma del colchón no acaba aquí... ¿No puede una persona que no comparta cama con nadie tener un colchón de 150 cm? ¿Y tendrá aparato genial suficiente como para darle la vuelta cuatro veces al año? La única vez que yo lo intenté sola, tuve que elegir entre romper la mini-cadena y las lámparas de la mesitas de noche. Al final, tuve suerte y no rompí nada, pero no fue porque yo no pusiera empeño.
Pero lo peor, lo que más odio en este mundo (hasta que otra cosa absurda se me cruce por el camino) es limpiar las ventanas. Hay gente que tiene suerte, que encuentra el amor verdadero a la primera, que tiene una bonita casa con jardín, con un animal doméstico que se autolimpia y un coche híbrido. Esa gente suele tener ventanas abatibles. Después, está la gente que vive en un piso de quejica, que tuvo que conocer a más de un capullo asqueroso antes de encontrar un maromo aprovechable, con una gata que come y caga. Y no tiene coche. La gata, no; la gente. Esa gente, que se parece un poco a mí, tiene ventanas deslizantes y no posee un balcón al que salir para limpiar por los dos lados...
Ahora bien, quien inventó esas malditas ventanas ¿pensó por un instante cómo puede una sola persona desmontar una hoja de la ventana del salón, que mide -digo yo- dos metros de alto, y llevarla al cuarto de baño, sin rastrearla por el suelo DE MÁRMOL, para allí limpiarla pobremente y volver a llevarla al salón, teniendo otra vez cuidado de no rastrearla por el puto suelo DE MÁRMOL y colocarla para quitar la otra y repetir el proceso, siempre sin rastrear por el suelo DE MÁRMOL?
Así que a mí me expliquen por qué esa obsesión de fabricar-hacer-montar las cosas pensando siempre que se tiene pareja o compañeros de piso. Y encima, si se tiene algo de esto, se ha de estar siempre al mismo tiempo todos dentro del piso para organizarse para estas operaciones tácticas.
No lo veo nada, nada, nada bien, oiga.
Pero quizás alguien haya inventado una máquina de abrir botes de forma individual y yo no me haya enterado. Entonces, esta entrada sería una gilipollez. Sólo en ese caso. Claro.