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viernes, 7 de diciembre de 2012

No es país para grupos de uno

Hay ocasiones en que la vida parece un jodido campo de minas. Vas sorteándolas como puedes, como una buena GEO, SWAT y todas las demás siglas que conoces gracias al cine americano y a los juegos de la play. Tiras para delante, día a día, hasta que ¡plac!, das con algo de bruces.

En mi caso, suele ser un bote. Puede ser el típico de los pepinillos, pero también el de la remolacha a tiras. Cualquiera vale. Con todo lo que me toca el moño cocinar, encima tengo que luchar como una gladiadora para abrir un puto bote de esos.

El cierre de seguridad para niños. Mi lavavajillas tiene un cierre extraño, por si un niño decide abrir el lavavajillas y meterse dentro para comerse la sal y el abrillantador... Digo yo. Pues cuando el jodido pestillo extraño está cerrado, el lavavajillas se convierte en la Morada Eterna de las Tazas. No puedo coger nada hasta que vuelve el Cazador. Lo cual me incordia mucho.

Pero no todo el mal para la gente que está sola ocurre en la cocina. También está el dormitorio. Y no seamos guarros...

El canapé. Intenta sacar el maldito edredón de lo profundo del canapé. Levanta a pulso el canapé, con el colchón encima (que tú lo compraste viscoelástico, pero pesa como si fuera plomo) y rebusca entre las fundas. Luego, déjate caer sutilmente encima del colchón, ahí, metiendo codo a lo Pressing Catch, para cerrar el chisme con tu maravilloso peso. Y el trauma del colchón no acaba aquí... ¿No puede una persona que no comparta cama con nadie tener un colchón de 150 cm? ¿Y tendrá aparato genial suficiente como para darle la vuelta cuatro veces al año? La única vez que yo lo intenté sola, tuve que elegir entre romper la mini-cadena y las lámparas de la mesitas de noche. Al final, tuve suerte y no rompí nada, pero no fue porque yo no pusiera empeño.

Pero lo peor, lo que más odio en este mundo (hasta que otra cosa absurda se me cruce por el camino) es limpiar las ventanas. Hay gente que tiene suerte, que encuentra el amor verdadero a la primera, que tiene una bonita casa con jardín, con un animal doméstico que se autolimpia y un coche híbrido. Esa gente suele tener ventanas abatibles. Después, está la gente que vive en un piso de quejica, que tuvo que conocer a más de un capullo asqueroso antes de encontrar un maromo aprovechable, con una gata que come y caga. Y no tiene coche. La gata, no; la gente. Esa gente, que se parece un poco a mí, tiene ventanas deslizantes y no posee un balcón al que salir para limpiar por los dos lados...

Ahora bien, quien inventó esas malditas ventanas ¿pensó por un instante cómo puede una sola persona desmontar una hoja de la ventana del salón, que mide -digo yo- dos metros de alto, y llevarla al cuarto de baño, sin rastrearla por el suelo DE MÁRMOL, para allí limpiarla pobremente y volver a llevarla al salón, teniendo otra vez cuidado de no rastrearla por el puto suelo DE MÁRMOL y colocarla para quitar la otra y repetir el proceso, siempre sin rastrear por el suelo DE MÁRMOL?

Así que a mí me expliquen por qué esa obsesión de fabricar-hacer-montar las cosas pensando siempre que se tiene pareja o compañeros de piso. Y encima, si se tiene algo de esto, se ha de estar siempre al mismo tiempo todos dentro del piso para organizarse para estas operaciones tácticas.

No lo veo nada, nada, nada bien, oiga.

Pero quizás alguien haya inventado una máquina de abrir botes de forma individual y yo no me haya enterado. Entonces, esta entrada sería una gilipollez. Sólo en ese caso. Claro.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Valiente el último

Antes teníamos la crisis de los cuarenta, cuando los hombres caneaban y se compraban un deportivo para ir a trabajar a 300 metros de casa. También la crisis del petróleo. La del 29. Y alguna más que podría citar si hubiera sido buena alumna de Historia Contemporánea y no un ser sólo preocupado por alcanzar la nota exacta de Selectividad para una carrera que luego no cursé. A Odin y sus compis, gracias.

Ahora tenemos la crisis. Sólo la crisis. Empezó a llamarse crisis económica. Después se dijo que era también de valores y puntas de capullos (bancarios) varios y terminó llamándose como una folclórica, con su buena peineta, debe llamarse. La Crisis. Olé.

La Crisis ha llegado también al mercado de las Bolas de Cristal. Es lógico que ningún mercado -excepto el de la chatarra- esté libre de riesgo y daño en estos tiempos que corren. Durante un tiempo este sector bolil estuvo cegado por lo necesario que es una bola de cristal en ciertos hogares. Y lo es. Pero los recortes llegan, el pánico al consumo gracias a la subida del IVA que mete un maravilloso 21% en artículos que sí, que son repuestos, pero son repuestos de otros que son -desde un punto de vista innegable- artículos de primera necesidad. ¿Qué futuro tienen unos brujos sin una bola de cristal? Chungo lo veo, oyes. Chungo.

Y se cobran víctimas. Desde trabajadores que "sobran" de departamentos cuyas mesas tienen unas bonitas columnas de folios que llegan hasta el techo, hasta nuestros clientes; las Tiendas de Bolas de Cristal.

Esta semana está cerrando una. Empezó poco a poco hace unos meses, o casi un año, devolviendo giros y demás. Y ahora, de golpe, un rumor a lo Telecinco se nos convierte en realidad.

"Cerramos".

Nos enteramos por un empleado porque el dueño no aparece desde... desde que las Bolas de Cristal son redondas. Nos comenta que su encargado se ha largado, que otros compañeros también, que el dueño está en algún lugar del Hemisferio Norte. Y queda él solo, él solito para cargar cajas de Bolas de Cristal, patas de conejo de la suerte, marmitas de hierro para las pociones... Cajas y cajas que rellenar y embalar para enviar de vuelta a las fábricas de brujería a las que le deben pasta.

Es triste. Es muy triste porque eran buena gente. Se lo curraban, luchaban por la empresa hasta que dio su último estertor. Es una pena que en este caso el dueño no moviera un dedo. Quizás, si hubiera inyectado algo de efectivo vendiendo alguno de sus coches -porque en este caso los trabajadores pasarán hambre, pero el jefe estará a salvo en su chalet, no es otro de otros múltiples casos tristes también-, o hubiera estado con ellos ahí, haciendo cajas, admitiendo el fin de algo que surgió de la nada gracias a su empeño (inicial...), si hubiera dado la cara, quizás algo hubiera cambiado. Hubiesen cerrado igualmente, pero siempre se ha dicho que el capitán es el último en salir del barco y no un pobre grumete, al que se le viene el mundo encima, entre caja y caja, albarán y albarán, recuerdos y soledad.

martes, 30 de octubre de 2012

Otoño en Nueva City

Odio el otoño. Es un sentimiento pasajero y fugaz, que mañana hará que escriba otra entrada diciendo que amo el otoño, pero hoy lo odio. Lo odio porque es un coñazo. Lo amo porque es agradable sentir el airecillo fresco en la faz después de un verano fabricador de torreznos andantes. Lo odio porque hoy llueve, mañana hará calor, el otro un frío de tempanillos bajeros y el sábado habrá imágenes en los noticieros de gente bañándose en Valencia. Nunca falla. Valencia tiene otro ecosistema, clima y dimensión. Yo llevo dos pares de calcetines.

El otoño es mejor que el verano porque es relajado. Las mujeres podemos guardar el estuche de la pedicura y no tenemos que vivir pegadas a la cera ni a las cremas. Tenemos más tiempo libre para no hacer nada, en lugar de quitarnos cosas que si crecen es por algo (la Naturaleza es sabia, mira los monos como son todos peluditos y siguen reproduciéndose sin problemas...).

Por otro lado, el otoño es peor que el verano porque la complejidad nos invade. En verano te calzas un vestidín y unas chanclas y vuelas hacia el portal llena de felicidad y de factor protector en el careto y escote. En otoño... en otoño tienes que estudiar al recinto al que te diriges (¿oficina, bar, cine, casa Abuelos Brujos de temperatura media -12º...?) y el medio de transporte que vas a usar (¿a pata, coche, sauna-olorsobaquil-bus...?). Llevas puesto medio armario encima y otro medio en la mano, pillado con el asa del bolso. Luego tienes calor y quieres tirarlo todo al primer contenedor que te encuentras pero sabes que, cuando lo hagas, empezará a llover y tu paraguas (que ahora no tiene sentido porque hay un cielo azul Disney y unos 18º) será tu única herramienta de salvación cuando caiga el Verdadero Diluvio Universal Hoy Llevo Vaqueros Mu Largos Que Absorben Cada Charco Del Suelo Y Hacen Que Lleve Mojado Hasta El Forro De Los Bolsillos.

El otoño es horrible porque empieza Jalowín en septiembre y ya hay mantecados en el super. Estamos en Octubre. ¡OCTUBRE! ¡MANTECADOS! Cuando llegue Diciembre, nos estarán vendiendo cajas de bombones para San Valentín.

En verano no nos venden nada, porque está todo el mundo tirado en la playa, con sus neveras de domingueros, tostándose al sol y lejos de la tele. Después estoy yo, que apenas bajo a la playa y que sigo en la City, pero como en verano todo es de color pastel y flúor, como que no gasto (¡¡bieeeen!!).

El otoño es un mojón porque cambian la hora y los que sufren horario de oficina, salen de currar cuando la noche cerrada se cierne sobre la City y la gente normal está en su casa con una taza caliente de sopa, arrebujados en el sofá y liados en una manta del Ikea.

El otoño es un mierdón porque mientras escribo esto hay unas pavas quinceñas chillando porque se mojan. No vais a encoger. No. Si la lluvia produjera ese efecto, ya estaríamos Falete y yo bailando en mitad de la plaza.

El verano es una mierda porque la gente se va a esa plaza a tomar el sol y a darme envidia de sus vacaciones. Que yo creo que lo hacen por esto último. So cerdos.

Y así podría seguir toda la tarde y la balanza quedaría muy equilibrada. Mi estación favorita, ¿sabéis cuál es? No va por estación, sino por mes. Mis meses favoritos son aquellos en que tengo vacaciones. Sí, acabo de demostrar que soy una hipócrita odiadora estacional. Y fin.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Rehal Hacademia, ¿de qué?

Al único que tomo en cuenta de la Real Academia Española de la Lengua es a Pérez-Reverte. Creo que también están Javier Marías y Ana María Matute, pero de ella no he leído nada y, de él, sólo artículos de opinión. Así que, cuando llegó a mis manos una revista con una entrevista a una académica que yo no conocía, me puse a ello. Y... ¿pá qué?

Era una señora agobiada por los plurales y el machismo. Yo, realmente, no veo el machismo en los plurales. Lo veo en la inexistencia de conciliación, en despidos relacionados con bajas maternales, en el acoso laboral, en tantas otras cosas... Desde mi punto de vista, prefiero una nota de la empresa que diga

"Próxima apertura de guardería gratuita para los hijos (de hasta tres años) de los trabajadores de Recauchutados Cebollinos."

Que la siguiente:

"Termina la ayuda para libros para las madres y padres de niños y niñas de primaria."

Pero ella no. Ella preferiría la segunda nota. Cuestión de gustos. Será que ella no trabaja para una empresa privada. Que no lo sé, porque no me acuerdo. Ni de su nombre, que mi gloriosa mente quiso olvidar en cuanto pude cerrar la boca y volver a respirar.

La obsesión por el machismo le llevó a decir en la entrevista que ella solía escribir los plurales de forma creativa. Puso un ejemplo, no exactamente igual al que voy a escribir, pero la estructura era la misma:

"Los libros y las mesas son bonitas."

Después de poner el ejemplo dijo que ella escribía así y que aún no le había dicho nada nadie. Será porque Pérez-Reverte se estará descojonando tanto que no tiene fuerzas ni para señalarla con el dedo mientras se desmaya en el suelo al perder todo el oxígeno de su cuerpo. De hecho, tengo cierta intriga en lo que diría mi sobrina de ocho años sobre esta frase. Y sobre la dueña de la frase.

Ella es una académica y tiene que escribir bien. Es su obligación. El lenguaje no puede ser ni machista, ni ecológico, ni biodegradable. Sólo la forma de usarlo convierte a las palabras en armas de doble filo. Y si ella quiere inventarse unas nuevas reglas, yo también puedo. Y el vecino del 5º y el rapero del polígono.

¿Y los verbos? ¿Cómo a nadie se le ha ocurrido fijarse en ellos? Cocinar... ¿Por qué tiene que terminar en -ar, siendo la letra A propia de las féminas? A partir de ahora deberíamos escribir "a él le gusta cociner". De esta forma logramos una perfecta simbiosis, unión, armonía, éxtasis glorioso, orgasmo perpetuo entre sujeto y predicado.

Y si yo veo machista la palabra "embrague" pues yo ahora uso "encalzoncillos". Y lo mismo para alumnado, coche, sombrero... A partir de ahora "alumnada", "cocha", "sombrera". Y fin.

Aprovecharse de su sillón en la Academia para intentar llamar la atención sobre ella, de la forma que sea, como un niño pequeño, berreando esas frases en mitad de un libro o de una carta, me parece muy extraño.

Que parece que ya hacen académicos y académicas a cualquiero y a cualquiera.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Cómo hacer una maleta sin arrancarse los pelos a puñaos

Cuando proyectamos un viaje, todo es jolgorio y fantasía. Los monumentos aparecen en nuestra imaginación con la misma magnificencia del Taj Mahal, aunque vayamos a ver la Acequia Gorda de Villamejillones del Valle Seco. La gastronomía a degustar, manjar de los dioses, aunque sean las patatas fritas belgas, que son iguales que las españolas... Y el clima, oh, el clima. El clima es el Dios Supremo de los Viajes. Él nos dicta lo que tenemos que meter en la maleta para adaptarnos al medio, al entorno.

El entorno cambia totalmente cuando el viaje es de trabajo. Cuando es de trabajo, la ciudad más bella del mundo parece un lupanar mugriento, la pizza más buenorra parece boñiga de vaca, la gente más simpática del universo parecen trolls con egos de diez tentáculos... Todo es horrible cuando el viaje es de trabajo.

El viaje de trabajo hace que el clima importe un peazo de nabo. Da igual.

- En la página web "El tiempo jurado ante notario" dice que en Alaska va a hacer frío en la semana de enero en la que tenemos el seminario.
- Déjalo, déjalo. Eso son previsiones absurdas. Es mejor llevarse alguna manga corta por si las moscas.

Por si las moscas invade tus pensamientos, tu vida. Por si las moscas echas dos pares de medias iguales por si descubres que aunque estén nuevas, la de la tienda te las ha vendido con carreras y mordiscos de T-Rex. Por si las moscas piensas que, cuando llegues a las jornadas, llevarás en el bolso una camisa in-in-in-arrugable, por si algún compañero te vomita encima, o por si tú te vomitas encima, y el lugar está demasiado lejos del hotel para poder ir a cambiarte, llorando por el arcén y mesándote los cabellos.

Por si las moscas llevas laca, cuando en la vida has usado laca... Por si las moscas te llevas esmalte de uñas y quitaesmalte. Aunque las lleves pintadas de casa. Puede que el esmalte salte en mitad de una reunión, le dé en un ojo al Director Ejecutivo y tú tengas nueve uñas pintadas en rojo pasión. ¡Sólo nueve!

Luego lo piensas dos veces y dejas el quitaesmalte. La solución guarruna de pintar capa sobre capa lucha ferozmente contra el "por si las moscas".

Por si las moscas llevas "evitampollas" de todas las marcas. Como jamás has usado ninguno, no sabes cuál funciona. Lo que sí sabes es que esos zapatos de capulla prepotente, que te compraste con dinero que te dio tu madre mientras te rogaba que te compraras unos zapatos normales, te cercenarán los talones y el tendón del dedo gordo del pie, acostumbrado el pobre a las converse piratas y a las botas militares.

Porque las botas militares no pueden llevarse en septiembre. No. Ya lo he preguntado.

Por si las moscas, le preguntas a tu jefe si en aquel lugar hace calor. Él te mira como si te acabara de recoger de algún poblado pigmeo para darte agua potable de una cantimplora.

- Hay aire acondicionado. Es bajo techo. Es... Hay aire acondicionado.

Pero él no entiende la pregunta intrínseca:

- Si me pongo una camisa de manga larga, ¿moriré deshidratada? En "El tiempo jurado ante notario" dice que va a hacer 20º. Pero eso es en el exterior. ¡¡¡En el exterior!!! No hay ninguna opción de búsqueda para ver la temperatura en ese pabellón. La he buscado.

Sin ver el trasfondo de tu pena, sale de tu habitáculo y quedas sumergida en la más profunda depresión. Los jefazos están acostumbrados a llevar traje de chaqueta y corbata incluso en agosto. Ellos ya no sienten frío o calor. No sienten. Tú en agosto vas al trabajo igual que si fueras a un festival. Todo lo que estás viviendo es atroz.

Así que haces de tripas corazón y tragas hondo. Y piensas que la camisa que vas a llevar oculta en el bolso, además de in-in-in-arrugable, va a ser de manga corta. Por si las moscas.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Y yo más.

Yo me quejo. Soy un ser creado especialmente para las quejas. Me quejo un lunes porque es lunes. Un martes, porque aún falta mucho para el viernes. Y así hasta el viernes, un día en el que salto de felicidad. Me quejo el sábado porque tengo que limpiar. El domingo me arrastro pensando en que al día siguiente es lunes.

Me quejo. Me quejo de forma feliz, colleja, pizpireta. Me quejo de que soy una marmota y que necesitaría dormir 10 horas. Me quejo de tener que aprender a encender el horno cuando yo nunca pensé en cocinar. Me quejo de todo.

Pero me quejo de forma y cosas absurdas.

Jamás me he quejado en público de algo que me esté fastidiando de verdad, porque eso lo dejo para mis íntimos. No lloriqueo diciendo "qué vida más dura la que yo llevo", ni soltando cosas cómo "qué envidia me das", o the best "¿qué sabras tú?".

Jamás hay que decir cosas así. Primero, porque quedas de gilipollas. Lo segundo, porque nunca sabes cómo le va la vida realmente al interlocutor y estás pecando de gilipollas al cuadrado.

Si te quejas de que duermes mal porque el aire acondicionado de tu chalet totalmente robotizado (domotomía...¿?¿?) se ha vuelto loco, ¡no vengas a decirme que tienes calor! Puede que yo lleve durmiento seis meses debajo de un puente y junto a una cloaca. Coño, cómprate un puto ventilador.

Si te quejas porque tienes muchos gastos, déjame que respire hondo. Déjame, porque tienes dos coches, dos pisos, una moto, unos niños que visten de marca y diez colonias de cincuenta euros en el tocador... Vende un coche, alquila un piso, viste a los niños como hemos vestido todos con cinco años y échate colonias de veinte euros, que huelen igual, aunque tengan menos glamour.

Si te quejas de que no tienes tiempo para nada porque te tiraste todo el día en la calle de compras y, al volver a casa, tenías un montón de cosas que hacer; mejor no me hables. No salgas. No vayas de compras. Quédate en casa, prepara la cena sólo para calentarla después y entonces, sólo entonces; sal.

Si te quejas de algo gilipollas, como si fuera el fin del mundo, no lo hagas delante mía. No. No lo hagas porque automáticamente de mis labios saldrá una solución. Y que esa solución no te venga bien "porque no", me parece más bien un "no me sale del aparato reproductor solucionarlo porque me gusta ir de víctima y tengo tan pocas aspiraciones vitales que es lo único que me sostiene en este mundo".

Si lo que quieres es que todos pensemos que eres un SuperSerHumano, la equivocación te posee como un espíritu maligno. Hay gente a tu alrededor que sí tiene una vida dura, que sí le echa cojones a la vida y no está, como una criatura con pañales, babeando y lloriqueando para reclamar atención.

Y eso, no sólo lo sé yo. Lo sabe todo el mundo y estás quedando like a shit, baby.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Dude looks like a lady (Aerosmith)

Lo nuevo, lo más maravilloso der mundo mundial, lo más in, son los hombres modelo que se hacen pasar por mujeres modelos.

Los entendidos del tema aplauden la audacia. La gente que no sabe nada de moda, como yo, se pregunta cómo hemos llegado al punto en que no hay diferencias físicas entre hombres y mujeres. Porque una mujer suele tener pecho y caderas y un hombre, espaldas. Pero no. La moda ha logrado reducir las diferencias al mínimo y convertir el objeto de deseo, el que anda como un potro sobre la pasarela para que todos le adoren, en un insecto palo.

Un insecto palo varón que, correctamente vestido y maquillado, puede dar el pegote y parecer una maravillosa modelo trémula de unos lánguidos 40 kilos (creo que estoy siendo demasiado generosa...). Y sus fotografías aparecen en las revistas, en las vallas publicitarias, en las pasarelas, en los anuncios de la tele. Y nosotras, las mujeres con pecho y cadera, vemos cómo el ideal de belleza impuesto (¡normalizado!) por la moda es no ser como nosotras.

Esa búsqueda de la belleza en la ausencia de las curvas de la mujer me intriga. En las mujeres lo achaco al miedo a envejecer. El tener las piernas con el diámetro de cuando teníamos quince años, en no tener caderas, ni un poco de barriguilla feliz... Las curvas delatan que ya no eres una adolescente ni una jovencita. Eres una mujer hecha y derecha, compleja, que tiene que tomar decisiones y tirar de tu vida para delante con las armas de las que te has provisto durante el desarrollo de esas curvas.

En los hombres quizás sea al miedo a enfrentarse a una mujer. Con una muchacha de anuncio, sin curvas, con carita de inocente, con alguien así ellos serán los expertos. Ella no tendrá con quien comparar y ellos serán sus dioses. Una mujer con curvas ha tenido vida, ha recorrido mundo. Es más díficil dominar a alguien que ha crecido que a una simple muchacha virginal de poquitos kilos.

Las mujeres tienen (tenemos) miedo a envejecer y los hombres (algunos) tienen miedo a las mujeres.

Y yo tengo miedo del poder que esa publicidad pueda ejercer en las niñas del mañana. En mi sobrina. En sus amiguitas. Y no confundamos, una cosa es el arte y otra la publicidad. El arte intenta crear belleza, con más o menos éxito, y la publicidad intenta vendernos productos, imágenes, necesidades, con muchísimo más éxito.

Así que, cuando el ensueño de la publicidad choca con la realidad, aparecen los traumas femeninos y masculinos. Cómo dice la canción de Loquillo:

Pero siempre que acabo con chicas de mi edad
termino con problemas, con bastantes problemas,
demasiados problemas de identidad.


viernes, 27 de julio de 2012

Why can't we be friends?

Hay amigos que son como las navajas suizas, que te sirven para un roto, para un descosido, para una barbacoa alcohólica y para visitar museos. Hay amigos especializados: Master en Música, Doctorado en Series, Explorador de Bares... Y hay amigos que no sirven para nada, restos de nuestra vida pasada que seguimos manteniendo por respeto o costumbre.

Nunca me he considerado una amiga tipo navaja suiza. No me gustan las discotecas, no me gustaban ni cuando creía que me gustaban. No me gusta salir a andar. Soy de esas personas que sostienen que el movimiento ha de tener un objetivo y ponerse a andar para volver al sitio de partida sin haber hecho nada durante el trayecto, me hace sentir como abducida por tanta pérdida de tiempo.

Me gusta ir de tiendas con gente a la que le gusta ir de tiendas y se compraría Zara entera, por ejemplo. Esa otra gente que te arrastra de tienda en tienda, con cara de ascooo, para terminar comprándose lo primero que vio en la primera tienda, puede borrarme de su agenda. Mi hermana, de hecho. Fui con ella a que se comprara unos zapatos. Nunca más he vuelto a ir de tiendas con ella. Yo tenía unos 9 años. Aquel día lo recordamos a veces mi madre, mi cuñado y yo. Nos tiramos al suelo, nos colocamos en posición fetal y lloramos.

Soy amiga para botellón. No me gusta hacer botellón en el Botellódromo porque temo que llegue el día en que coincida con mis sobrinos pero, si no hay otro lugar, puedo aceptar. Soy amiga para cumpleaños. Para hablar de libros. Para hablar de música (si te gusta la BUENA música). No soy muy amiga de hablar de pelis porque estoy en fase de no ver ninguna :/ Pero puedo escuchar. Y ése es muchas veces el problema, que parece que sé escuchar demasiado.

Hay gente que clasifica tanto a sus amigos que sólo los usa para un único fin. Si eres amigo de discoteca, no puedes ir a un botellón. Si eres amigo de cumpleaños, no puedes ir al cine. Cada amiguito en su cajita y fin.

No me gusta esa gente.

Por culpa de esa gente, hay veces que descubro que sólo soy amiga de marrones. Sólo recurren a mí cuando su mundo se desmorona como una figura de barro pisoteada por un orco con problemas de peso. Y cuando salen de su capullo de pucheritos absurdos, se ponen las alas de mariposa para salir de juerga, entonces, la Bruja de Blancanieves desparece. Oh. Cáspita. Qué gran inconveniente.

Lo bueno de esa clase de personas es que les da igual que tú las clasifiques o no, porque sólo ven la relación desde la perspectiva del ego de su ombligo. Por eso puedo clasificarlas en "Gente coñazo a la que no le cuento ni la hora" y no lo notan. En estos momentos, tengo dos. Una chavala que me da pena que haya terminado en esa clasificación porque es enrrollada y teníamos mucho feeling. El que me llamara sólo para quejarse de lo dura que era su vida (sin saber jamás si la mía era de pan bimbo), hizo que el feeling cogiera las maletas y despareciera. Ahora le va de puta madre, así que desconcozco el paradero de ella y del feeling.

La otra persona es un caso especial. De golpe descubrí que lo que conmigo eran caras largas y gestos vacíos, con otra peña se convierte en charlas de horas. Así que no me da tanta pena. Se pierde mi jocoso sentido del humor, mi opinión refrescante sobre temas profundos y mis recomendaciones siempre oportunas sobre música y libros. Todo eso. Todo eso y más.

La amistad es un mundo tenebroso y oscuro donde, como dice mi buen amigo aún sin pseudónimo adaptado, nada es blanco ni negro, sino gris. Esta gente que se empeña en llevar la amistad a los extremos se pierde muchas oportunidades de descubrir que lo mejor no es usar a las personas, sino disfrutar de unas jarras de kalimotxo con ellas.

viernes, 22 de junio de 2012

Tomando el té con un viejo amigo

Quiero que me devuelvan mi voluntad. Ya. Ahora. En este momento. Porque no falla, nuuunca falla.

Cada vez que me siento orgullosa de mí misma por haber desmembrado, empalado, quemado y enterrado al espíritu Consumista que me embargaba en cada cambio de estación, el hijoputa vuelve.

Hoy, día 22, al día siguiente del inicio del jodido verano.

- Tock, tock.
- ¿Quién es?
- Consumista.
- ¡Oh! ¿Pero no había logrado madurar, darme cuenta de que la acumulación de bienes innecesarios sólo es muestra de una deficiencia en la capacidad de mostrar y desarrollar nuestros sentimientos?
- Ni de coña.
- Ah. Bueno. Entonces, pasa.

Y aquí estoy. Viendo la pág en facebook de una tienda maravillosa que está al cruzar la plaza de la oficina. La tengo ahí, a 300 metros. Mirándome. Insinuándose. Contoneándose con los colores del verano. (Nota explicativa: los colores del verano para mí son el negro en combinación con algún otro color. No nos vayamos a engañar.)

A estas alturas, necesito dos pantalones, una falda y un vestido. Consumista me ha felicitado por mi buen gusto. Yo estoy contrita y apenada y jodida. Intento recordar cuándo esa tienda fue barata, pero Consumista me dice que no me ancle en el pasado, que soy una nueva Yo y que una nueva Yo necesita ropa nueva. Intento recordar cuándo he cambiado. Consumista mira al infinito a través de la ventana y se pone a tararear una ranchera.

Suspiro.

Consumista me dice que tengo la piel apagada. "Lo que tengo apagado es la tarjeta de crédito", le contesto. Pero él no hace caso y me mira ceñudo el ceño. "¿Desde cuándo lleva eso ahí? Parece el Canal de Suez." Intento estirar las cejas para que me lleguen a las sienes. "No jodas. Ni sabes cómo es el Canal de Suez." "Pero sé dónde está. Ahí, entre tus cejas. ¿Sabes lo que te iría divino? En la droguería de al lado hay una cesta de Olay en oferta. Ya es hora de que tengas una crema de mayor. No puedes seguir anclada en Garnier."

Lo miro con odio.

"Lo que te molesta no es que mi crema sea Garnier. Lo que te jode es que me la encontrara super-ultra-rebajada." Consumista me sostiene la mirada. "Te estás descolgando." "Eso ha sido un golpe bajo." "No tan bajo como tienes la papada." Agarro la grapadora y se la tiro a la cabeza. Descubro que Consumista no tiene cabeza. Ahora entiendo muchas más cosas...

viernes, 18 de mayo de 2012

CARRIE CATSHOW

Tengo una gata. Un bicho egoísta, caprichoso, inestable y desobediente. Pero es taaaaaaaaan mona.

He entrado en el extraño mundo de la gente con mascotas. Nunca pensé que existiera ese mundo, pero sí. Es un mundo que no es malo, sólo extraño. Un mundo donde el salón que tenías ultra-ordenado digievoluciona a sala de juegos del bicho. Carrie, en este caso.

¿Qué ha pasado con el suelo de mármol donde cualquiera podía verse las bragas de lo reluciente que estaba? Ahora esta lleno de minipisadas y derrapes, porque Carrie no controla en las curvas... No sé, me tocó una gata con un culo más veloz que sus patas delanteras...

El palo para que se afile las uñas y deje mis piernas en paz, en mitad del salón. Allí. Al lado de la estantería que he cuidado con esmero de bibliotecaria. Y la veo encima de los libros del estante más bajo. Y la veo mona. Cuando intenta subir al siguiente, ya la veo un poco fea y no le dejo.

Lo peor de todo es cuando descubres que no sólo es el entorno el que ha cambiado, si no tú misma. Vale que ella sea un ser que deja minihuellas en ese mármol tan amado, pero ¿habías pensado alguna vez que estarías disparando con una pistola de agua dentro de casa? Goteando. Dejando gotas en el suelo. Pisando esas gotas mientras persigues a la gata. Fijando las pisadas.

Porque, según lo que he descubierto, a los gatos no se les puede dar un toque tipo Susurrador de Perros en las costillas. Ni en ningún lado. Yo lo intenté cuando empecé a enseñarla a no joderme las cortinas, y la hijaputa se revolvía y pedía más. En plan, yo soy la que tiene más uñas en este barrio y pienso usarlas todas contigo y con tus extremidades.

Ahora es distinto. Ataca la cortina y le cae un disparo desde la pistola de agua que (oh, dios mío) descansa eternamente (qué atroz) en la mesa de mi (ex-ordenado) salón. Así sale echando jostias, derrapa en la curva entre el pasillo y el salón y se mete en su transportín. En su cama no. Que eso no le va.

En la primera visita al veterinario descubrí otra cosa. Es cierto que las mascotas se parecen a sus amos. Los dueños de gatos estabamos apartados, cada uno en su mundo, en silencio. Disfrutando felices de nuestra paz interior. Los dueños de los perros se empeñan en que sus perros huelan/sean olidos. Está muy bien que se relacionen, pero quizás mejor en un parque, en un sitio abierto lleno de salidas, lejos de mí. No es bonito acercar un boxer a un pastor alemán de 235 kilos. No. Por suerte, mi gata es lo suficientemente tonta para no saber lo que es un perro. Así que fui yo la que se cagó por la patilla cuando el pastor-alemán-luchador-de-sumo empezó a ladrar formando un agujero negro.

Después vinieron otros dueños de perros. Unos dueños responsables y sensatos que tenían a sus perros tranquilitos, sentados a su lado. Dueños que escondieron a sus mascotas cuando apareció una mujer paseada por un bonito labrador.

El perro entró primero, empujando la puerta, casi llevándome a mí por delante, y empezando a oler a todo el mundo, mientras la dueña saludaba contenta, arrastrada por la correa. Ella se sentó al lado de una pareja con un cachorrito. Y ahí empezó todo.

- Mi cachorrito cuando sea adulto va a pesar 80 kilos. (Fantástico, porque tú pesas 50 y no vas a poder con él ni de coña...)
- Pues mi labrador, cuando era cachorro era el más grande de todos sus hermanos.
- Mi cachorrito apartaba a los hermanos para comer él.
- El mío es muy bueno.
- El mío lo es más.
- Pues el mío...
- Pues el mío...

Entonces la juguetita del labrador dejó al labrador ir a oler a un cachorro de rottweiler. Y el cachorrito hizo: GUAU. Y el labrador se acojonó y se apartó. Y eso le sentó a su juguetita como una patada perruna:

- ¡Ja, ja, ja! ¡Pero si te podría comer de un bocado!

Y se llevó al labrador a un lado y se sentó. Y todos los dueños de gatos y los dueños normales de perros fuimos felices.

miércoles, 9 de mayo de 2012

INTENSA, INTÉNSAME MUCHO

Horror. Simple y llanamente, horror.

Cotillear por un disco duro externo, en el que guardamos más mierda de la que jamás podamos pensar, puede darnos desagradables sorpresas. Por un lado está esa carpeta de fotos, en las que sales divina, aunque estés en chandal, con los pelos como la Duquesa de Alba, poniendo cara de Gremlin. Sales hermosa porque... tienes 20 años y con esa edad, salías maravillosa, hicieras lo que hicieras.

Ahora, para conseguir una foto que puedas mostrar sin que te aconsejen visitar Corporación Dermoestética (o Lourdes, según foto), tienes que bajar las luces, meter tripa, sostener el colgajo de la mandíbula, abrir los ojos como con espanto, inclinar la cara para mirar sesgadamente (con cuidado de no soltar el colgajo mandibular), sonreír falsamente (en plan: alguien se ha tirado un pedo, sé quién es y en cuanto salga de la habitación voy a vomitar por la ventana), girar la cadera para que no parezcas una culona y, aún así, te das cuenta de que eres una mezcla entre el Joker y tu madre. Pero tu madre con la edad que tiene ahora, no como cuando ella tenía la que tú usas en este momento.

Pero ya pasé la crisis de los 29. Soy capaz de ver fotos en las que estando borracha salgo más guapa que el día de mi boda. Sí, lo he superado. Me costó, sufrí, no lograba entender cómo ligaba tan poco cuando en las fotos se me veía tan buenorra. Pero llega un momento en que te das cuenta de que no estabas buenorra en absoluto. Sólo es el triste contraste con tu imagen actual.

Así que el tema de las fotos viejas no fue lo que me provocó espasmos de terror el otro día. Lo que encontré, lo que jamás pensé que vería, fue... un resto de un diario de 1º de carrera. Una serie de documentos de Word, con fechas salpicadas, en las que habia cosas escritas... cosas horribles e intensas. No de la intensidad graciosa de "estoy enchochá por un tío, aaaay, qué monísimo que es y qué culo tiene". No. La intensidad de esos archivos me hizo sufrir vergüenza ajena sobre mi yo-juvenil.

Debería estar prohibido tener diarios o, al menos, regular su uso.

1.- No intentar describir sentimientos. Ni de alegría (puede quedar muy Mundos de Yupi y nos hace parecer unos lerdos), ni de tristeza (nos hace quedar como unos lánguidos llenos de autocompasión), ni de ná.
2.- Nunca, jamás de los jamases, usar las palabras "PARA SIEMPRE" ni "JAMÁS". Nada es eterno. Y cuando el tiempo haga que esos jamases y esos siempres se diluyan como el Colacao en leche caliente, y lleguen a nuestros ojos tristes documentos de Word donde nos dedicamos a lloriquear sobre amores despechados y lamentos eternos y corazones llenos de cicatrices, tendremos la necesidad de localizar una máquina del tiempo para volver atrás y partirle la cara a nuestro yo-juvenil.
3.- Intentar describir los hechos y acciones de forma objetiva. Esto logrará que, tras el paso de los años, el diario sirva como fuente de información y nos dé libertad para conseguir tener una opinión propia y sana de nuestro pasado. Por ejemplo: Kevin Costner me abandonó en el baile de fin de curso del instituto. En ese momento sonaba nuestra canción y me enfocaba una gran luz dorada, mientras en el escenario Jesús Vazquez nos anunciaba como el rey y la reina del baile. Este fragmento tiene mucha más credibilidad que si escribimos: Kevin Costner me destrozó el corazón, me humilló delante de todo el instituto, jamás podré volver a ir/ver/escuchar/hablar/pasar cerca de un baile. Ni, por supuesto, ver una corona/tiara/diadema/horquilla/toto/horquilla. Todos los hombres son unos cabrones y se merecen arder en el infierno.
Si leemos el primer fragmento, pensamos que Kevin se portó como un cabrón. Si leemos el segundo, pensamos que Kevin estará en un programa de protección, lejos de la loca que escribió eso en su diario, y con pesadillas recurrentes sobre intensas.

Los documentos que encontré, eran del estilo del segundo párrafo. Ahora, diez años después, después de tener el corazón roto, arreglado con parches, totalmente cicatrizado pero rencoroso y, finalmente, arreglado y reluciente como una piedra de la playa, me dan ganas de volver al pasado y ahostiarme, ahostiarme por intensa y por absurda. Lo cual, es buena seña.

No los borré. Me dio pena aquella trizte borrega vestida de negro, buscando su propio drama.

jueves, 22 de marzo de 2012

ENVIDIANDO A MEDUSA

El mundo es injusto. Injusto y mal repartido. No entiendo cómo hay gente que puede saber cantar, bailar y ser guapos. Pues no. O saben cinco idiomas, ¿no pueden conformarse con sólo uno?

El chiste ése de ¿dónde estaba yo cuando repartieron los dones? se cumple totalmente conmigo. Y eso que yo sólo quiero dos. Y tampoco son tan especiales. Yo sólo quiero saber inglés como si mis tatarabuelos hubieran fundado Oxford y también cortarme el pelo como si fuera Llongueras.

¿Por qué? Pues porque teniendo estos dos dones ya no necesitas nada más.

- Vamos de vacaciones.
- ¿A dónde?
- ¡A la India!
- ¿Sabes inglés?

A nadie se le ocurre preguntar por el idioma oficial del país. Si sabes inglés, puedes viajar a la tercera luna de Júpiter (o de Marte, tampoco nos vamos a poner finos en esto) y seguro que te saben indicar el monumento al Marciano Caído en el Área 54.

Y cortarte el pelo... Saber AUTOcortarse el pelo es maravilloso. Es la liberación absoluta.

Primero, tu tiempo sería realmente tuyo. Porque realmente no lo es. Tú pides cita a las 9.30 de la mañana un sábado, en el que podrías estar haciendo de todo o no haciendo nada, pero no. Tú te sientas, sonriendo y feliz, esperando a que la peluquera ose poner tus manos sobre ti. Cuando ella quiera. Lo que puede ser (si los dioses son benignos) media hora después. Si has sido inocentestúpida y has pedido cita a las 11, pensando en dormir, te van a coger a las 12.30. Y tu sabado, tu único sábado de la semana, habrá desaparecido en la peluquería.

Yo intento que me quiten volumen. Siempre me han entendido (y sin hablar inglés). Pero últimamente parece que "tengoelpelocomosihubierametidolosdedosenunenchufeporfavorhazalgoparasalvarme" no signfica lo que antes. O quizás es que ahora vivimos en un facebook virtual-real y debajo de esa frase alguien le ha dado a "me gusta" y la peluquera cree que quieres ser un pelocho.

Me planté. La última vez, cuando me cobraron 20 napos por dejarme peor que cuando entré, dije que hasta ahí habíamos llegado. Cogí a mi consorte, le senté en una silla y le corté las puntas. Y me quedaron bien. Y me flipé. Él se acojonó, pero eso no cuenta.

- Te voy a cortar una capa.
- No, déjalo, yo ahora siempre llevo cola para trabajar y...
- Te voy a cortar una capa.
- Déjamelo así, yo...
- Te voy a cortar una capa.

Y le corté una capa. Con un nivel de albañil. Y me quedó bien.

Después de eso, empecé a planear mi nuevo corte de pelo. El look de la loca de los gatos que estaba usando me parecía demasiado rancio, así que me hacía falta una nueva capa superior más corta... Mientras trazaba líneas imaginarias, me corté el flequillo... Y, mi pelo mutó. Lo que siempre había sido un largo de flequillo seguro y anodino, se convirtió en algo atroz.

Ya no era la loca de los gatos. Ahora me parecía a uno de Manowar, de un poster que tengo en mi dormitorio en casa de mis padres. Si había digievolucionado de esa forma sólo por cortarme el flequillo como siempre, ¿qué ocurriría si me atrevía a cortarme esa maldita capa?

El pelo es un instrumento del demonio y cualquier esfuerzo es inútil. Las peluqueras tienen el poder.