Hugo Boss no siempre fue Hugo Boss. Cuando nos conocimos a los tiernos catorce años (¿esa edad existe?) era un chavea normal. Un chavea que se llevaba a matar con el profesor de Francés y con el de Dibujo, o Iniciación al Arte, o Sigue dibujando con ceras como en la guarde cuando tienes ya pelillos.
Le echaron una vez (o miles) de clase. A todo el mundo le pueden echar de Historia, de Lengua, de Matemáticas o de Física. A él lo echaron de Dibujo. Sin problemas. Salió de clase con sus cosas, extendió su cartulina en el suelo del pasillo, sacó las ceras y allí se puso a pintar.
Otra vez, sabiendo que yo era una de sus preferidas, le soltó al profesor:
- La Bruja de Blancanieves está aborreciendo esta clase.
Y yo estaba ahí, sentada en otra mesa, inundada de pruebas de texturas (restregar ceras en folios apoyados en sitios absurdos). Y flipé. Y el profesor flipó. Y me hizo hablar con él. Y yo odié a Hugo Boss.
Eso fue el instituto. Luego, inesperadamente, llegamos juntos a la facultad.
En esos años, ya se iban desarrollando los verdaderos instintos de Hugo Boss. Un día apareció con náuticos. Otro día con Levi's. Poco a poco, sin darnos cuenta, fue saliendo a flote su verdadera personalidad de pijo moderno, mientras mis amigas y yo le torturábamos continuamente. Nos saltábamos las clases, lo dejábamos solo tomando apuntes y le llamábamos al móvil sabiendo que era tan despistado que lo tendría con sonido y se pondría histérico. Porque Hugo Boss es maravillosamente histérico.
Yo soy nerviosa y regomellosa y millones de cosas terminadas en -osa. Pero él es el más mejor histérico del mundo mundial. Y paranoico. Y lo sabe. Y es genial.
Gracias a esos nervios me saqué el carnet de conducir y aprobé Matemáticas Financieras. Mi huevonismo de dejarlo todo para última hora chocaba con su histeria y me obligó a estudiar. Nos empollamos los problemas de Matemáticas Financieras de memoria. Clack. De forma que al llegar al examen sólo teníamos que cambiar los números. Sacamos un cinco. Aún no tenemos ni idea de cómo tuvimos la puta suerte de aprobar.
Teníamos una palabra clave para cuando veíamos un tío bueno, avisarnos entre nosotras. Y otra para las tías y así avisarle a él. Era algo como "intercorrelacionada/intercorrelacionado". Poníamos motes absurdos y maravillosos a cada persona: la enamorada, el tele-tubbie, Patxi, el Muerto...
Cuando conoció al Sueco, con esa pinta de integrante de Helloween que me llevaba en sus tiempos mozos, le impresionó tanto que empezó a hablar y no paró en un cuarto de hora. Literal.
Después de la facultad, con el curro, Hugo Boss sacó lo mejor de sí. Siempre ha estado en curros donde debe ir con traje y lo disfruta una barbaridad. Nunca entenderé cómo a alguien le puede molar ir con traje en agosto, pero él tampoco entiende como una mujer adulta puede ir al curro con una camiseta en la que una especie de Morticia dice que soy "Divina de la Muerte".
Nos vemos cuatro o cinco veces al año pero nos emiliamos todas las semanas. Hemos llegado a los treinta y nos seguimos hablando. De hecho, nos hablamos tanto que nos vamos por ahí juntos este verano. Hemos quedado que, dentro de millones de años, cuando seamos ricos y rastreros, iremos a Nueva York. Él comprará maletas llenas de ropitas de Tommy Highlrffrñrg, yo me haré fotos absurdas en la 5ª Avenida mientras el Sueco soporte las bromas pesadas sobre Sexo en Nueva York. Y todos seremos felices.
Y había muchos intercorrelacionados en tu facultad? Porque me da a mí que por allí no hay mucha gente que reuna tus requisitos de black clothes-long hair-sex appeal
ResponderEliminarSólo había uno, que pesaba unos 15 kilos y era más blanco que yo :(
ResponderEliminarHabía más intercorrelacionados en Filosofía, ahí había de todo *.* XD