Antes teníamos la crisis de los cuarenta, cuando los hombres caneaban y se compraban un deportivo para ir a trabajar a 300 metros de casa. También la crisis del petróleo. La del 29. Y alguna más que podría citar si hubiera sido buena alumna de Historia Contemporánea y no un ser sólo preocupado por alcanzar la nota exacta de Selectividad para una carrera que luego no cursé. A Odin y sus compis, gracias.
Ahora tenemos la crisis. Sólo la crisis. Empezó a llamarse crisis económica. Después se dijo que era también de valores y puntas de capullos (bancarios) varios y terminó llamándose como una folclórica, con su buena peineta, debe llamarse. La Crisis. Olé.
La Crisis ha llegado también al mercado de las Bolas de Cristal. Es lógico que ningún mercado -excepto el de la chatarra- esté libre de riesgo y daño en estos tiempos que corren. Durante un tiempo este sector bolil estuvo cegado por lo necesario que es una bola de cristal en ciertos hogares. Y lo es. Pero los recortes llegan, el pánico al consumo gracias a la subida del IVA que mete un maravilloso 21% en artículos que sí, que son repuestos, pero son repuestos de otros que son -desde un punto de vista innegable- artículos de primera necesidad. ¿Qué futuro tienen unos brujos sin una bola de cristal? Chungo lo veo, oyes. Chungo.
Y se cobran víctimas. Desde trabajadores que "sobran" de departamentos cuyas mesas tienen unas bonitas columnas de folios que llegan hasta el techo, hasta nuestros clientes; las Tiendas de Bolas de Cristal.
Esta semana está cerrando una. Empezó poco a poco hace unos meses, o casi un año, devolviendo giros y demás. Y ahora, de golpe, un rumor a lo Telecinco se nos convierte en realidad.
"Cerramos".
Nos enteramos por un empleado porque el dueño no aparece desde... desde que las Bolas de Cristal son redondas. Nos comenta que su encargado se ha largado, que otros compañeros también, que el dueño está en algún lugar del Hemisferio Norte. Y queda él solo, él solito para cargar cajas de Bolas de Cristal, patas de conejo de la suerte, marmitas de hierro para las pociones... Cajas y cajas que rellenar y embalar para enviar de vuelta a las fábricas de brujería a las que le deben pasta.
Es triste. Es muy triste porque eran buena gente. Se lo curraban, luchaban por la empresa hasta que dio su último estertor. Es una pena que en este caso el dueño no moviera un dedo. Quizás, si hubiera inyectado algo de efectivo vendiendo alguno de sus coches -porque en este caso los trabajadores pasarán hambre, pero el jefe estará a salvo en su chalet, no es otro de otros múltiples casos tristes también-, o hubiera estado con ellos ahí, haciendo cajas, admitiendo el fin de algo que surgió de la nada gracias a su empeño (inicial...), si hubiera dado la cara, quizás algo hubiera cambiado. Hubiesen cerrado igualmente, pero siempre se ha dicho que el capitán es el último en salir del barco y no un pobre grumete, al que se le viene el mundo encima, entre caja y caja, albarán y albarán, recuerdos y soledad.
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